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  • Foto del escritorRevista Lexikalia

CONFESIÓN II

Actualizado: 1 may 2019

–Emma Minel–

Otto se apareció el sábado mientras la buena gente dormía. Nos dirigimos al almacén y quebramos el vidrio del mostrador, la alarma sonó quince minutos después, cuando nosotros ya la habíamos amordazado y sacado del cabello. La guardamos en el baúl del carro de Otto. Lo de la alarma fue realmente una coincidencia, aunque lo previmos por las pocas veces que habíamos hablado con el dueño, un barrigón tacaño que respondía al nombre de Isaacs. No era la primera vez que hacíamos este tipo de cosas y, tal vez, tampoco sería la última.


Somos unos treintañeros aún con ganas de vida loca, aunque ya todos seamos buenos empleados e hijos, y Marcos un excelente padre de familia. Antes de decidir qué hacer con ella paramos en Bourbon y bebimos un par de cervezas como en los viejos tiempos. Hablamos de mujeres y de la preparatoria, también de la próxima fiesta de Liz que sería tan solo en unos días, debíamos escoger un buen payaso para animarla. Salimos sobre las diez y fuimos a mi casa, nos tocó subirla entre los tres, no fue mucha la resistencia que opuso, creo que se debe a que le golpeamos la cabeza en diferentes ocasiones, empezando desde la puerta.


Ilustrada por Daniel Collazos (Instagram: @dandreproductions)

Mi casa queda en el 451 de la calle Brand, Andrú Mor. La primera vez que lo hicimos estábamos en la preparatoria aún, en esa ocasión la chica no me gustaba solo a mí, también a Marcos y a Otto. La secuestramos de la misma forma, en ese caso no hubo alarma antes ni después, solo el silbido de un pito que nos persiguió hasta que logramos ponernos a salvo en el auto de la mamá de Otto. Al otro día vimos el caso en los noticieros y nos morimos de risa, el pobre vigilante no supo qué responder ante nuestra fuga.


Una vez logramos subirla al segundo piso de mi casa la sentamos en el viejo sofá que había sido de mi madre, con unas tijeras cortamos su ropa y cabello. Ella no gritó ni lloró, nos miró fijamente tratando de descubrir por qué le hacíamos esto. Otto propuso que nos masturbáramos para mantener joven la noche, así que pusimos una porno y empezamos a lamerle los senos, darle besos con lengua en esa boca rosada y a masturbarla de a pocos mientras le decíamos obscenidades con nuestras vergas al aire rozando su cuerpo.


La primera chica que secuestramos no se pudo quejar de mucho, la devolvimos al día siguiente después de la diversión, la dejamos en un basurero cerca del almacén donde ocurrió el secuestro. Éramos más jóvenes e inexpertos, así que a ella solo la manoseamos un poco y le restregamos nuestras vergas por todo ese cuerpo de diosa que tenía. Esa sí que opuso resistencia, aunque al igual que esta fue incapaz de emitir algún sonido que nos hiciera saber cuánto miedo sentía. Cuando llegamos al éxtasis, Otto y Marcus se vinieron en su cara, yo por el contrario quise ver cómo mi semen corría por entre sus tetas pequeñas, perfectas. Me corrí pensando que si ella no fuera tan orgullosa y sumisa podría protegerla de nosotros, pero ella continuó allí inmóvil, con su mirada fija en la nada.


Otto prendió un cigarrillo. Marcus alcanzó varias cervezas de la cocina y yo quité los videos porno. Nos sentamos luego en la cama, mirándola. Otto rompió el silencio preguntando qué seguía. De nuevo el silencio invadió la habitación. Ella nos miraba y nosotros a ella, fijamente. Marcus dijo que no podíamos devolverla como habíamos hecho la primera vez, que debíamos hacer como los grandes y guardar recuerdos. Otto sin más fue por una segueta y decidió que conservaría sus brazos.


La primera vez lo hicimos por diversión, nunca pensamos que nos quedaría gustando tanto y mucho menos que pudiéramos hacerlo nuevamente después de tanto tiempo. La adrenalina que se siente es tanta que creo poder decir que todos estábamos excitados y con las vergas muy paradas esa noche de nuestra primera vez, ni siquiera necesitamos de porno para satisfacer a nuestra amiga. Marcus dijo que esas piernas se verían muy lindas en su diván, yo no sabía qué hacer, estábamos llegando al límite de lo que nos hubiésemos podido imaginar, así que Otto decidió por mí. Andrú Mor, cariño, te tocará la mejor parte, sus teticas hermosas podrán recibir unas veces más ese semen espeso que emana de tu verga. Soltó una carcajada y se dirigió a ella que seguía mirándonos sin delatar su horror. Reclinó la silla y con la segueta empezó a cortar sus brazos. No se oyeron gritos, tampoco hubo lágrimas.


Al finalizar la faena, Otto dejó el tronco y la cabeza reposados en mi cama. Creo que a nuestra primera amiga nunca la encontraron, pues jamás la volvimos a ver en el almacén, la habían reemplazado por una flacuchenta con pinta de viciosa. Pobre, fue olvidada como los hombres que van a la guerra y jamás regresan. Lástima que no haya sido con honores su despedida. Encendimos cigarrillos y terminamos de beber las cervezas que Marcus había traído de la cocina mientras recogimos el reguero que quedó de nuestra amiga.


Después de terminada la labor pusimos otra vez porno, nos dimos besos húmedos y chupamos la verga del otro. Con mucha paciencia intercambiamos con Otto para meterle la verga a Marcus por el culo. Terminamos casi igual que la primera vez, solo que en esta ocasión teníamos un trofeo el cual aproveché, me vine en sus tetas una vez más mientras Otto acababa en la boca de Marcus. Nos despedimos al despertar el alba con un tierno abrazo seguido de un beso. Me dormí sobre las tetas frías de aquel maniquí que robamos la noche anterior y pensé en el payaso para la fiesta de Liz. Me desperté exaltado creyendo que alguien me había encontrado en pelota abrazando un frío maniquí, pero la única compañía que había estado esperando llegó justo cuando le contaba al tipo del espejo el despelote de la madrugada.


Mi querido Mizifús, ya es tarde para el desayuno.




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