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Plumas

Laura Marcela Aguirre Martínez

Cali, Valle del Cauca

Estudiante de Medicina y Cirugía, Universidad del Valle



Decidió que volar era, lógicamente, más fácil que caminar cada día por el barrio donde mataban gente todos los días y hedía a droga al caer la noche. Más fácil que correr por la casa, escapando de los golpes de su madre y del olor a alcohol y grasa que desprendía el taller de su padrastro.


Volar, pero ¿cómo? No había nacido con alas, y aunque durante un tiempo guardó la esperanza de que le sucediera igual que al protagonista de Un nuevo nido, su cuento favorito, nunca le empezaron a salir plumas. Cada día era una nueva desilusión. Lo había intentado todo, saltaba de las sillas de la mesa del comedor con los brazos extendidos, pero la gravedad la atraía hacia el suelo.


Todo cambió cuando cumplió ocho años. Durante meses había reunido suficientes plumas: las encontraba en el parque, en el camino a la escuela, en la calle del mercado los fines de semana, en los accesorios de su madre. Plumas de diversos colores y tamaños que limpiaba y guardaba con cuidado. La mañana de su cumpleaños se dispuso a ejecutar su plan. Pegó una a una las plumas a su cuerpo delgado y pálido, sobre todo en brazos, manos y cara. Con delicadeza, introdujo algunas plumas en ambos oídos, no podía permitirse obviar ningún espacio. Dispuso una silla junto a la ventana que daba del baño a la calle principal, frente a la estación de buses y se puso de pie sobre ella, toda hecha plumas e ilusión. No existía el prurito ni el miedo. Sobrepasaba toda la ilusión de cumplir su sueño y abandonar por fin un mundo en el que se sentía extraña. Se balanceó. Un segundo antes de saltar de aquel quinto piso, la detuvo su madre de un grito. Tembló y tragó saliva. Sabía lo que vendría. Una a una, entre lágrimas, vio sus plumas caer y formar un nido a sus pies. En ese momento todo le picaba, todo le dolía. Sólo permanecieron incrustadas las plumas de los oídos, su madre había sido incapaz de retirarlas.





Ilustración: Cristian Cajiao @cajiaocristian / Cali, Valle del Cauca


El médico tampoco pudo sacarlas, sólo las vió de lejos cuando iluminó en la profundidad de ambos conductos auditivos. No había otra opción. Debía ser llevada a cirugía. Ahora no sólo le incomodaba, sino que escuchaba menos. Le informó a la madre, quien perdió los estribos en un primer momento. La niña, por el contrario, sonreía sutilmente. Cuando le hablaron acerca de la anestesia, el brillo en sus ojos le delató y la sonrisa se hizo manifiesta.


Se entendió tiempo después: sin importar lo que pasara, ella había ganado: tenía plumas adheridas, como un pájaro. Escuchaba menos los regaños de su madre y, además, gracias a la anestesia, dormiría tranquila por primera vez desde que tenía memoria.


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