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Caronte

Foto del escritor: Revista LexikaliaRevista Lexikalia

Juan Esteban García Soto

Cali, Valle del Cauca

Estudiante de Licenciatura en Arte Dramático, Universidad del Valle



José Peñaloza comprendió que lo que sentía era ansiedad cuando la crisis le hizo desfallecer. Padre en una familia tradicional, se había posicionado como un pilar de roble, fuerte y estable hasta que la pandemia le recordó que era un humano más. Lo desarmó desde adentro. Cuando tuvo que enfrentarse al miedo, a la tristeza de la pérdida y a los efectos claustrofóbicos del encierro, no supo qué hacer. Sus episodios nerviosos comenzaron con un susto de contagio. Cada vez que la garganta le dolía o la respiración le fallaba, un bajón anímico lo descompensaba por completo y cuando supo que el virus habitaba en la casa junto a la suya, les declaró la guerra sanitaria a los vecinos Córdoba.


Extremó la limpieza y desinfección completa de manos, bolsas, suelas de zapato, billetes, llaves, monedas, billetera, celular; nada entraba a su hogar sin ser fumigado con alcohol. Sin embargo, Caronte, el gato de los Córdoba no sabía lo que significaba el aislamiento. La distancia social no representaba un motivo para dejar de habitar los tejados y visitar las materas de la señora Peñaloza. Era un felino gordo de pelaje gris decadente, ojos verdes, y una mirada tan profunda que al verlo fijamente casi se sentía a la muerte dentro de él.


José se deshizo por dentro cuando lo vio. Ahora el virus tenía una forma real y tangible, andaba en cuatro patas repartiendo su contagio en cada lana de pelo. No se atrevió a tocarlo. Esperó que se marchara para comenzar el operativo. Se consiguió un traje desechable, compró gafas industriales, tapabocas para riesgos radiactivos y una vez preparado, bailó bajo la lluvia de límpido al son de la esponja. La cerámica de su patio perdió todo el brillo, las paredes blancas se tinturaron de un amarillo viejo, efecto de los químicos desinfectantes. Fue un trueque justo, la destrucción de su patio por la salvación ante el virus.


La esposa de José, María Peñaloza, se sentía orgullosa del estado de sus sábilas, enredaderas, flores y tres helechos que había logrado germinar tras varios intentos fallidos. Era operaria en Baxter, una empresa de productos hospitalarios. Ella no pudo parar. La línea de producción de sueros a la que pertenecía la obligó a trabajar en la locura de ese mundo desolado y lleno de enfermedad. Su rutina era siempre igual, una vez llegada a casa y terminados los protocolos de aseo se dejaba permear por la frescura de su jardín naciente.

Esa noche, después del turno de dos a diez, María traía una nueva integrante al hogar, un cactus que le había regalado la empresa como agradecimiento simbólico por seguir trabajando en tiempos de dificultad. Cuando llegó, José no la recibió para ayudarla a desinfectar, aun así, lo hizo. Lo llamó un par de veces, pero no recibió respuesta. Pensó que estaba sola, pero al llegar a las escaleras se tropezó con la tierra de plantas regada por todos lados. José había enloquecido. Movió todas las materas y quebró algunas en su intento de plastificar el techo y hacer del patio un lugar hermético y bioseguro.


¡¿Qué mierda hiciste?!

Nos estoy salvando la vida.


Fue una noche larga. Los Peñaloza, que habían sido siempre una familia pacífica, se convirtieron en fieras dispuestas a arrancarse la cabeza. María llevaba más de ocho años construyendo su jardín para verlo reducido a materas quebradas y sábilas mal plantadas en una sola noche. Sabía que su esposo no estaba bien. José ya había comenzado terapia psiquiátrica hace casi tres meses. Le habían recetado sertralina y pastas para dormir que había elegido no tomar para evitar la dependencia. No supo qué hacer, ahora su casa era una olla a presión sellada con plástico transparente, para que de todas formas entrara la luz, según había premeditado José. Eso sí, lo obligó a limpiar su reguero, recoger la tierra con la que volverían a sembrar todo y aceptó las disculpas que vendrían con una garza de flor blanca que hace tiempo estaba planeando comprar. Lograron acostarse después de las dos de la mañana, pero a las tres y treintaitrés hora maldita el demonio felino había regresado al techo.


Caronte no conocía ley ni orden. Sus dueños creían que los gatos eran animales salvajes pero habitantes de la ciudad. Este recorría los tejados al medio día para tomar el sol y a altas horas de la noche en busca de pasiones nocturnas. En el barrio ya tenía varias camadas con diferentes gatas y respecto a los gatos, llevaba la guerra declarada con algunos humanos por las palizas propinadas a otros felinos. Todos lo conocían por su maullido nocturno y tétrico, un canto de timbre siniestro. Los niños de la cuadra le tenían miedo. Entre ellos corrían historias de que lo habían visto transformarse en figuras macabras o que se había desaparecido entre las sombras.


Ilustración: Catalina Bedoya @catarina.ilustra / Cali, Valle del Cauca



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